Especialista en salut emocional

Gestió d'emocions i creences / Sentit biològic de malalties i conflictes / Estudi de l'arbre genealògic

ACOMPANYAR

Hem decidit ser acompanyants en processos de salut. Fer de l'acompanyament la nostra feina. Però la vida ens dóna moltes situacions en les quals ens toca acompanyar sense haver-ho decidit.

ACOMPANYAR significa ser aquí, estar present. Però no significa ser l'altre, sinó ajudar-lo a ser més ell mateix. Sempre des del respecte, sense intromissions. Deixant que sigui l'altre qui decideixi. Permetent la seva voluntat. Potser en silenci, però sentint la presència.

Segurament un dels acompanyaments més bonics sigui, com a mare, ajudar a néixer un fill i potser el més dolorós sigui acompanyar un ésser estimat en el seu procés de mort. Aquests dies la vida m'ha posat la mort al davant. 

No és fàcil veure com algú que estimes està deixant la vida sense que puguis fer-hi res. Impotència és la paraula. Costa trobar paraules per definir la mort, i paraules per acompanyar qui se'n va. Són moments per al silenci, però es tracta d'un silenci compartit.

Moltes vegades, en consulta, quan abordem el Transgeneracional, veiem morts silenciades. Per aquesta raó, des d'aquest article vull reivindicar parlar de la mort i dels morts. Per això em ve de gust compartir l'entrevista a Francesc Torralba (professor universitari, filòsof i teòleg català) "Si te escapas de la muerte, te escapas de la vida" (publicada a la Vanguardia el 6/02/2009), en la qual parla del seu llibre Plantar cara a la mort.

Aquesta entrevista és una excusa com una altra per intentar dissipar el silenci que moltes vegades comporta la mort.

"-¿Por qué en el siglo XXI y en una sociedad como la nuestra, el tema de la muerte sigue siendo un tabú, incluso superior al del sexo?
- Es una pregunta que me he formulado muchas veces; el hecho de que sea un tabú ya nadie lo cuestiona, siempre pensando en sociedades europeas. Ahora bien, ¿por qué? En el libro propongo varias hipótesis. Una primera opción es que la muerte es un tabú porque nosotros vivimos en una sociedad muy sofisticada tecnológicamente y con la idea de que podemos controlarlo todo. En este sentido, la muerte es una bofetada porque no podemos evitar que mueran las personas que queremos. Podemos alargarles la vida, muchas veces inadecuadamente, pero no podemos evitar su muerte. Eso es algo que no asumimos porque partimos de una premisa falsa, que es que tenemos un control sobre todo. 

-Más teorías.
-Nos hemos quedado desnudos de los grandes relatos que hablan del más allá. En las sociedades tradicionales había una gran explicación sobre qué nos pasaba, y la gente se lo creía. Son los relatos denominados de ultratumba, tipo Divina Comedia. Colectivamente, hemos dejado de creer en eso y nos hemos quedado sin respuestas ya que no se han sustituido por otros relatos. Hemos dejado de hacernos preguntas como esta de la muerte porque hemos visto que no existen respuestas concluyentes, y eso nos inquieta mucho. Después creo que hay otros dos motivos que a mí me parecen igualmente importantes. 

-Adelante, le escucho.
-Vivimos en una sociedad anestésica, quiero decir, que pensar es algo extraño en nuestra sociedad. Pensar es una actividad, incluso diría, pecaminosa en nuestra sociedad. Finalmente, en nuestra sociedad hay mucha distracción y evasión. El tema de la muerte no es rentable, ni agradable y hay otros temas que te permiten estar diariamente distraído. Hasta que, la muerte toca de cerca. Cuando eso pasa, todo el globo se pincha y se desinfla. La gente se siente sin herramientas, sin recursos, sin relatos y se produce lo que podemos llamar el estado de shock.

-¿Echa en falta algún elemento educativo que nos permita afrontar este estado de shock?
-Absolutamente. La educación ha hecho un giro espectacular. Hemos pasado de una educación que escondía a Eros, al sexo y a la vida sexual, a una educación actual donde ciertamente los niños saben que los bebés no vienen de París, pero no saben que se van a morir, que sus padres morirán, o por qué mueren sus abuelos, no lo tienen asumido. Cuando esto pasa, porque pasa, nos encontramos sin herramientas para afrontarlo. Eso deriva en una situación de desconcierto, miedo, pánico. Hemos abierto la jaula y hemos dejado que Eros volase libre, pero hemos encerrado dentro a Thanatos. 

-Hay gente que le dirá que la muerte es algo inevitable, que no se puede cambiar. ¿Entonces por qué deberíamos pensar en ello?
-Sí, es cierto que me he encontrado con gente que tiene este discurso que me planteas, pero la respuesta es muy clara. Es verdad que morir, morimos. Pero fíjate que distinto es cuando uno asume que la muerte forma parte de la vida. Verás cómo y de qué forma se valora cada instante que pasa. Si la vida es tan apasionante es porque es limitada y porque en este tiempo, que no sabes que durada tiene, debes desarrollar tu proyecto de vida. ¿Qué sacas de avanzar la muerte? Descubrir el tesoro que supone estar vivo y de la chamba que significa estar en el mundo. A mi entender, la conciencia de la mortalidad no te lleva a un pesimismo vital, sino todo lo contrario, a dar mucho valor a cada instante concreto. No sabes si estarás el año que viene, y en el caso de que estés, no sabes cómo. Esto te hace pensar seriamente en el valor que tiene cada día, cada gesto, cada beso…

-¿Cuesta más asimilar la muerte de los otros antes que la propia?
-De los demás no, de los seres queridos sí. Hay tres elementos, el tu, el yo y los otros. Los otros son los anónimos, y su muerte te deja indiferente porque eran indiferentes en tu vida, no lo experimentas como dolor. Eso solo lo haces cuando es un tu, un amigo, la mujer, un familiar…La muerte del tu es muy difícil de digerir porque no te imaginas tu vida sin ese tu, sin su conversación, sus gestos, sus manos. Es más fácil imaginar que el mundo continúe sin ti.

-Hay gente que se siente culpable cuando muere un ser querido. ¿Por qué experimentamos esta actitud?
-Es cierto, lo que pasa es que creo que hay culpabilidades lógicas y otras que son absurdas. La lógica es aquella que tiene que ver con la conciencia de haber transgredido la ley o sencillamente haber causado mal al otro. Ahora bien, hay veces que hay culpas que pesan mucho y que son absurdas, como cuando alguien se siente culpable por algún accidente de tráfico. Son cosas que no dependen de ti. La culpabilidad que podríamos evitar es la de que no le dije cómo quería a esa persona. Como creemos que estaremos de forma indefinida, las grandes palabras quedan pospuestas. 

-En el libro habla usted del choque entre memoria y recuerdo. ¿Cómo debemos recordar aquellos que nos han dejado?
-Este es el gran tema, cómo gestionamos los recuerdos, porque los recuerdos también son emocionales. Nuestra memoria es emocional, y es algo que hay que recordar. Hay recuerdos que nos generan nostalgia, dolor, pero nosotros somos seres humanos de recuerdos. Respecto a las personas queridas, tenemos el deber de recordarles, pero de lo que sí que estoy convencido es que vivir obsesionado con ese recuerdo no te deja vivir el presente. El fetichismo del objeto, de la pipa, de la americana que llevaba, puede llevar a instalarte en un pasado y a vivir patológicamente su presente. Tienes que empezar, iniciar, pero a la vez recordar. El recuerdo te debe ayudar a seguir viviendo, pero nunca ser un obstáculo. 

-Aquí tenemos que hablar de nuevo del sentimiento de culpabilidad. Empezar una nueva vida con otra persona, vender los objetos personales de alguien que ya no está…
-Sí, pero el tiempo aquí juega un factor clave. ¿El tiempo lo cura todo? Creo que no, pero sí que ayuda a situar el recuerdo en su sitio. 

-Describe en su libro siete actitudes básicas ante la muerte. ¿Las más recurrentes son entonces la fuga y la evasión?
-Sí. La fuga del pensamiento de la muerte es la más extendida por una razón que ya no es cultural, es antropológica. El pensamiento de la muerte nos entristece. La fuga es la más habitual porque no la afrontas, no piensas. Por eso decidí poner como título un imperativo. Planta cara a la muerte. Si no plantas cara a la muerte, no plantas cara a la vida, y vives una vida ficticia porque piensas que estarás indefinidamente. Y así no vives con profundidad. Insisto, si te escapas de la muerte, te escapas de la vida. No tendemos a interiorizar todo esto hasta que toca de cerca, entonces haces una serie de reflexiones, pero que, por desgracia, suelen durar muy poco. 

-Si no nos han educado para afrontar la muerte, mucho menos para acompañar a quien se está muriendo…
-Sí, es otro de los temas difíciles de nuestra sociedad. Primero porque pide actitud, pero además faltan unas habilidades comunicativas, una empatía, una capacidad de escucha y de ver qué necesidades tiene esa persona. A las personas moribundas, o enfermos en situación crítica los sacamos de casa y los ponemos en manos de especialistas, y algunos de ellos lo hacen y trabajan muy bien. Pero nos da mucho miedo afrontar esta cuestión. Y se impone lo que se denomina el muro de silencio, la realidad ocultada. Nadie quiere afrontar el tema y a esa persona no se le da la ocasión de despedirse dignamente de las personas que quiere. Es un drama, realmente. Otra cosa es cuando el que se está muriendo tiene la lucidez necesaria para saber cuál es su situación y decidir como quiere que sean sus últimos días en este mundo. Pero es algo muy difícil de ver, realmente. Hay veces que el enfermo terminal cree que lo puede asumir, y así es, pero no cree que el entorno lo pueda asumir. Y entonces el profesional no sabe qué hacer. Los familiares le dicen, "no le diga", y el enfermo, que lo sabe, le dice, "no se lo diga". Y es cuando se crean estos círculos de silencio en que todo el mundo lo sabe todo, pero nadie afronta la realidad. Y la realidad en esta situación es difícil de afrontar, pero es lo que puede dar un poco de paz a esa persona. 

-Hábleme de los que se quedan y de otro arte difícil de dominar, el de consolar. ¿Cómo se puede consolar a alguien que ha perdido a un ser querido?
-Mi impresión de fondo es que las palabras no consuelan. Nuestra necesidad de consuelo, es insaciable, y las palabras te pueden ayudar y curar algunas heridas, pero no consolar totalmente, y hablo en primera persona. Es más elocuente el silencio o el gesto, la escucha de la persona, y el consuelo de las palabras es muy frágil, porque las palabras no tienen la capacidad de resucitar a nadie.

-¿La pérdida de un hijo por parte de una madre o un padre es la muerte más difícil de llevar?
-Sí, además es un tema que a mi me merece un respeto absoluto. Es de esas muertes que se puede acabar asumiendo, pero nunca superando porque va contra el ritmo natural de la vida. La muerte de un hijo es la muerte de un proyecto. También creo que hay diferencia entre maternidad y paternidad, porque los vínculos de una madre son los más fuertes. 

-Usted dice en su libro que el hecho de que se le recuerde cuando ya no esté no le consuela…
-No, porque ya no voy a estar para verlo, entonces me da igual. La nostalgia en forma de recuerdo de los demás no es para mi una forma de consuelo. ¿Por qué? Porqué el que quiero estar soy yo."

Parlem de la mort i dels morts. És molt saludable...